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El genocidio Armenio una afrenta a la humanidad. Cien años de soledad y apatía

Портал «Наша среда» продолжает публикацию статей, посвящённых 100-летию Геноцида армян,  ранее опубликованных в испаноязычной прессе. Благодарим Артура Гукасяна за предоставленные материалы.

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Мигель Альберто Гонсалес Гонсалес

Мигель Альберто Гонсалес Гонсалес

Почти ничего не было написано до сегодняшнего дня в Колумбии о суровых испытаниях, в очередной раз выпавших на долю народа страны «живых камней» в начале века. Своей статьей «Геноцид армянского народа — вызов всему человечеству. Сто лет одиночества и апатии» талантливый колумбийский ученый Мигель Альберто Гонсалес Гонсалес решил заполнить этот пробел. «Дань нашего глубокого уважения и восхищения всему Армянству,- подчеркивает он. —  Для них — слова, продиктованные нашими раненными за них сердцами! Им — неизменная наша поддержка: чтобы вновь возродились великая нация, каковой она была в прошлом и продолжает быть!»

El genocidio Armenio una afrenta a la humanidad. Cien años de soledad y apatía

Miguel Alberto González González

La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran. Paul Valery

Ya Valery, ¿poeta maldito? -malditos los desplazadores, los masacradores-, nos arrincona, nos tensiona, hacemos la guerra para masacrar al otro y para provecho de los que entre sí se conocen, esos entre sí son los varones de la guerra, los dueños del poder, las ruinas del sueño humano por lo humano.

Hay cosas que producen pavor, que nos acorralan en pesadillas, hay comportamientos humanos que nos apenan y apenarán por toda la existencia, no cien por años sino por milenios, acciones crueles que nos señalarán en cualquier tiempo y galaxia posibles. El genocidio Armenio es una muestra más de lo crueles que somos, de las pesadillas que no olvidaremos.
Cien años de soledad y de apatía constituyen un agujero negro en el desarrollo, en cualquier tránsito de la humanidad. Hablamos del agujero negro que nos deja el genocidio Armenio llevado a cabo por una parte del pueblo turco, porque seguro es y así lo sabemos que muchos de ellos no lo compartieron, pero tampoco pudieron evitarlo unos, o quisieron suspenderlo otros. A esos poderes políticos, económicos, religiosos, militares, intelectuales o jurídicos que pudieron intervenir y se silenciaron profundas recriminaciones.
El genocidio Armenio, 1915-1923, es una muestra desafortunada de nuestras precariedades del como repartimos hachazos, flechazos o bombazos para destruir comunidades y para desaparecer vidas. El genocidio de los armenios  es uno de esos malos ratos de la humanidad que no estamos facultados podemos olvidar, porque no podemos permitir que se vuelvan a repetir.

Los turcos han sido un pueblo fantástico, un portal entre Europa y Asia, la bisagra entre muchas culturas, pero tienen, cómo no, deudas con la humanidad, tienen, cómo de decirlo, que sonrojarse cuando piensen en los armenios, cuando piensen en la humanidad misma, cuando revisen su larga historia guerrera donde no quedan bien situados. ¡Bastante buenos para matar!. Es raro que una invasión militar pueda ser defendible, es inviable creer en las soluciones militares, pero cien años después de lo sucedido con los armenios, sirios y otros pueblos, lo seguimos viendo en este afanado y desconcertante siglo XXI.

De masacres, genocidios y desplazamientos hemos hecho grandes tecnologías, hay tecnologías del desplazamiento potenciadas por muchos poderes que requieren tierras o personas para dominar. De las invasiones y destrucciones no sólo se benefician los llamados racistas, porque de ellos aprendimos a encontrar y permitir muchos racismos, racismo económico, racismo científico, racismo jurídico y racismo intelectual, formas de organizar la realidad, de editar el mundo que termina por favorecer desplazamientos, exclusiones y exterminios -De esto también podemos preguntarle a mexicanos, colombianos, norte americanos, africanos-, lugares donde en pleno siglo XXI el ejecutar o propiciar masacres colectivas y forzar el desplazamiento humano constituyen una forma de hacer política.

El siglo XXI de los bits, de la sociedad del espectáculo, de la sociedad que se basta con las farándulas, con futbol en todas partes, con reinados y concursos extraños aún no logramos sentar voces importantes para impedir nuevos genocidios y para ingeniarnos mecanismos jurídicos, políticos y educativos para que aprendamos de estos horrores hasta que los borremos como formas de actuar humano.

El XXI, en este falso conteo del tiempo, es un siglo que ha sabido heredar comportamientos humanos dolorosos como forzar desplazamientos humanos, violar mujeres, avanzar en la irracionalidad de desaparecer grupos humanos o de centrarse en metarrelatos religiosos furiosos que mal interpretados dan pie a perseguir  y asesinar al otro. Sí, la farándula se ha impuesto, pero los métodos de exterminio humano siguen con las mismas prácticas milenarias que hemos aprendido; prácticas que sufrieron los armenios así como la padecen otros pueblos en el mundo: los palestinos o los ukranianos para citar otros.

Sin duda es necesario, porque muchas de nuestras apuestas intelectuales caen en ejercicios faranduleros, escrituras que siguen en deuda porque se ocultan ante las atrocidades donde los poderes hacen del pobre su lugar. El silencio de los intelectuales de la época y aún de la actual del genocidio de los turcos contra los armenios da mucho que pensar.

De lo mucho que podemos intentar, hablo de los intelectuales que solemos dormirnos y ajustarnos a los caprichos de cualquier poder, nos silenciamos con la misma villanía de los que destruyen, es el no acallarnos, estamos llamados a levantar la voz, a escribir con muchos lenguajes, en prosas, en poemas, en pinturas, en esculturas, en arquitecturas, en las aguas, en los aires, en las arenas, en los árboles, en las montañas, en las rocas y en cualquier lugar posible para denunciar y recordarle a la humanidad que el holocausto Armenio tuvo lugar, aquí en la tierra, aquí entre nosotros y que les debemos tantos tributos a los sacrificados como a sus familiares, así como debemos exigirles a los estados que condenen abiertamente y reconozcan sus errores para que no olvidemos estas humillaciones de humanidad.

La vida y la muerte no la podemos escribir con la misma mano, hay que hacerlo por reverencias lingüísticas con diferentes tonos, escribir la vida con una mano y la muerte con la otra para que nuestro cerebro no se limite a reproducir lo que ya sabemos sino para forzarlo a recordar que la vida es una y hay que protegerla por sobre todas las apuestas, por sobre todas las diferencias y que la muerte es un punto de llegada que no podemos permitirnos seguir ejecutándolo por manos en enloquecidas de los hombres y las  mujeres del mundo que se ciegan por religiones, políticas u otras sandeces.

Dos millones de armenios masacrados por manos turcas no pueden sino apenarnos, hombres, mujeres, niños, ancianos que fueron destrozados en sus sueños, que no les dejaron seguir acompañándonos porque unos desadaptados se les ocurrió que la mejor política, que la mejor religión, que la mejor economía, que la mejor opción es desaparecer y asesinar al que no se parece a nosotros, destruir del que sospechamos, como si la sospecha diera carta abierta para recrearse en crímenes, como si la soberanía, como si unos límites geográficos fueran superiores a la vida ¿Serán mejores los turcos por ganar tierras, desplazar comunidades y asesinar armenios? La historia nos muestra que no, que son quizá peores hasta tanto no se arrepientan y pidan perdón por sus crímenes contra los armenios.

Tanto odio reprimido, tanta sevicia debemos debilitarla, no podemos contentarnos con acusar a los turcos y llenarnos de odio para devolverles lo mismo, debemos ser grandes y enormes para entregarles el perdón, pero exigirles que en sus diferentes manifestaciones de nación, de país y de colectividad le pidan perdón a la humanidad por sus barbaridades, por sus errores y horrores. Un auténtico turco debe ruborizarse ante estos hechos.

A los Armenios nuestra amplio tributo de admiración, nuestro corazón herido, nuestro tributo inquebrantable para que se reconfiguren como pueblo grande que ha sido y es. Estamos a tiempo de aprender de su paciencia para no permitir que esto se repita, que perdonen en lo profundo a sus asesinos y se dediquen por el mundo a contarnos que la vida es posible y que no tenemos derecho a vivir otros cien años de soledad y apatía, sino unos nuevos cien años de esperanza y perdón como el mejor tributo que le podemos rendir a nuestros dos o más millones de Armenios sacrificados, porque hasta en eso nos mienten los poderes, escondiendo las estadísticas y maquillando el lenguaje para hacernos creer que los responsables son los demás y que todo son hechos colaterales ¡sinvergüenzas!.

Es posible que estas políticas, economías, educaciones, ciencias, religiones, jurídicas, éticas y estéticas añejadas ya no den para más, que ya estén cansadas y atrasadas para ayudarnos a salir de tanto genocidio y destrucción.

Requerimos otros contratos para rendirle tributo a nuestros hombres y mujeres violentados y masacrados en esta nefasta historia humana, donde la medicina sirve para seguir enriqueciendo a unos, donde las armas constituyen el gran mercado de las potencias y donde el progreso se escribe con la sangre de los pobres, de los desconocidos. Que tristeza de políticas y políticos que hemos heredado.

Pasemos de las prosas del horror a las poéticas de la esperanza, de las ciencias del odio y la jactancia a las filosofías de la pregunta, de las políticas diurnas del sometimiento a las políticas nocturnas de la libertad, de la educación encarcelada a la paideia enamorada. Este si sería el mejor tributo a nuestros masacrados armenios.

Todo lo que le pasa a un ser humano, me pasa a mí y, cada vez que desplazamos, asesinamos a una persona o masacramos a un grupo humano, el mundo es un poco más pobre, más miserable. Perdón pido a los armenios por lo poco solidarios que hemos sido con ellos, por lo brutales que somos en ejercer el olvido.
Miguel Alberto González González (Colombia, 1965).

PhD en Ciencias de la educación en la Universidad Tecnológica de Pereira y PhD en conocimiento y cultura en América Latina, Ipecal, México.

Integra y ha integrado procesos investigativos y formativos en universidades  Católica de Pereira; Universidad Santo Tomás; Universidad Nacional de Colombia (UNAD); Universidad de Manizales, Universidad Tecnológica; Ipecal de México, Universidad de Sevilla, España; Universidad del Rosario, Argentina; Universidad de Chile.

Posee artículos en diversas revistas del mundo. Entre sus publicaciones cuenta con los libros: Amores Prohibidos de Kalkan (1998); Analectas de la Caverna (2004); Horizontes Humanos: límites y paisajes (2009); Umbrales de indolencia. Educación sombría y justicia indiferente (2010); Resistir en la Esperanza. Tertulias con el tiempo (2011). Horizontear las utopías y las distopías. Tensiones entre lo apolíneo y lo dionisiaco (2011). Desafíos de la universidad. Miradas Plurales. Carpe Diem (2012). Miedos y olvidos pedagógicos (Argentina 2014). Forbidden love in Kalkan (Estados Unidos 2014).

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